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La mano invisible de Walter Murch


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Como en casi cualquier trabajo existente, suele existir esa figura que desempeña un papel fundamental y determinante para lograr un resultado redondo, pero que debido a su posición estratégica dentro del equipo, suele pasar desapercibida. En el cine, es necesaria la colaboración entre las diferentes profesiones internas (fotografía, arte, montaje, dirección, maquillaje…) para el buen funcionamiento y el buen acabado de una película. De hecho, si falla una profesión, es algo así como construir una persona sin un brazo: está claro que sigue siendo una persona con sus otras extremidades bien compuestas, pero tendrá algunas dificultades añadidas para su desarrollo natural.

Entre estas profesiones que conforman el equipo técnico y artístico de un film hay una que no solo pasa desapercibida en los créditos y para el público en general, sino que el mismo hecho de que su trabajo pase desapercibido es la prueba final de que ha concluido su tarea satisfactoriamente. Es entonces cuando se valora el poder de aquel que ha ejecutado su mano invisible, de aquel que ha conseguido mirar con los ojos del espectador, y que finalmente, ha naturalizado el desarrollo del film, fotograma a fotograma, como si del paso del día a la noche se tratase.  Hablo de la figura del montador, del film editor, o como el gran Walter Murch les llama, “los oyentes, que tantas veces se convierten en soñadores por exigencia práctica”. Ellos son los que conducen tu mirada sin que tú lo sepas, los que te dicen “qué debes pensar y qué debes olvidar”. Esos seres intangibles son los que te dan solo la información necesaria para que “no seas un mero espectador, sino un participante activo del film”, añade Murch.

Han pasado muchos años desde la coronación del Zar Nicolás II de los Lumiére (aunque ellos solo firmaran el proyecto): un diccionario de términos para no perderse entre ‘soportes y peines de entrada’ y muchos años de perfeccionamiento, que nos sirven de pretexto para presentar esta figura tan representativa y no carente de creatividad como se tiende a puntualizar. Walter Murch encarna esta profesión con destreza y afabilidad. Ha sido la mano derecha y con autonomía propia del director, una vez este limpia sus nervios tras el rodaje. Se ha encargado de ensamblar los fotogramas y de vaciar el desquiciado cerebro del director de cualquier prejuicio y orgullo previo.  Siempre ha defendido el cine como un arte puramente colectivo, que se destruye y se reconstruye a lo largo de su proceso para acabar entrando en la sala de montaje para escuchar primero y hablar después.

“Apelemos a su imaginación!”, insiste Murch, refiriéndose al espectador. Y a ello ha dedicado sus más de 50 años de trayectoria. Entre sus obras clave destaca “Apocalypse Now” (1979), donde ganó su primer Óscar, “El paciente inglés” (1996), donde creó un precedente al ganar dos Óscar por mejor sonido y mejor edición, “El Padrino, parte 3” (1990) y “Could Mountain” (2003), entre otras. Pero es necesario destacar, no solo su demostrada creatividad con los bits y los fotogramas, sino también sus dotes académicas. Murch reflexiona con la facilidad de un orador universitario, ya sea en conferencias, en entrevistas o a través de libros y ensayos, como en el maravilloso “En el momento del parpadeo”. Aquí vuelca todas sus experiencias como profesional, a modo de manual práctico en su primera mitad, con todas sus tesis bien ejemplificadas. Y a modo de diatriba poética introspectiva en su segunda mitad. Pero recomendaciones a parte, Murch ha estado dando cátedra hasta hoy con sus lecciones prácticas, una espacie de Bowie del montaje, más como ejemplo de constancia que como icono.

No ha inventado nada nuevo, ni ha revocado las escrituras de la profesión. Pero se ha ganado el respeto del gremio alejado de los focos mediáticos y con una serie de pautas personales que algunos han acatado como dogmas, como la regla de 6 –unas recomendaciones porcentuales sobre las prioridades del montador a la hora de realizar un corte -, partiendo de la base de la emoción y la claridad de los hechos. También ha dejado un legado como mezclador de sonido en una larga lista de películas como “THX 1138” (1971) y “American Graffiti” (1973), de George Lucas; o la magistral “The conversation” (1974), donde ejerció la profesión con igual o más solvencia que la de film editor. No en vano es muchas veces es reconocido primero como mezclador. De hecho fue uno de los pioneros en utilizar el término “sound designer”.

Toda esta trayectoria no ha pasado desapercibida, ni mucho menos. Sus palabras son recibidas por todos los estratos de la industria del cine con fervor, sus predilecciones por un software u otro como o un desafío, y sus nuevos proyectos, como una genialidad que aún no ha visto la luz.

Fuente: http://mandragorafilms.com/la-mano-invisible-de-walter-murch/


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Domingo, 5 de marzo de 2017